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Angel falls panoramic 20080314.jpg
El Salto del Ángel – Fotografía de Jlazovskis

Cristin

Poblado indígena pemón de Kamarata, La Gran Sabana, Venezuela.

Cristin, se encontraba en el interior de su “churuata”¹ acompañada de las hermanas misioneras de la Fundación Madre Teresa. Mantenía una fuerte discusión por videoconferencia con un representante de una compañía farmacéutica a causa de un pedido de instrumental de laboratorio y varios fármacos.

– “Sois una partida de inútiles – gritaba – hace más de un mes que hemos realizado el pedido y aún no ha llegado ¿Es así cómo pretendéis colaborar con la comunidad? ¡Necesitamos todo ese instrumental ya… y que ni decir tiene de los fármacos! ¿Es necesario recodarles que estamos a 300 Km. de Santa Elena de Uairén y a unos 800 km de Ciudad Bolivar? Si nos encontramos con una urgencia no puedo salir corriendo y pedir un taxi…”– aún más enfurecida por la contestación del delegado – “¿Cómo? Usted es un cretino y un necio. Acaso, ¿no sabe que la única manera de llegar hasta aquí es por avión o por vía fluvial desde Kavanayen?” – cerrando la videoconferencia –. “Que me compre un todoterreno y vaya yo misma a buscar las medicinas. Será imbécil” – dirigiéndose a Sor Patricia – “usted se cree, que vaya yo misma hasta Caracas a buscar las medicinas. ¡Cómo no tengo otra cosa que hacer!” – encendiendo un cigarrillo –. Pero, ¿de dónde salen todos estos payasos?

Sor Patricia intentaba apaciguarla pero era harto difícil, tardaría un buen rato en calmarse. Su carácter impulsivo y temperamental, celebre entre los caciques de la Gran Sabana, había intimidado en varias ocasiones a funcionarios y militares pretenciosos y trepadores de bajo rango, a mineros buscavidas, a turistas capitalinos estirados y engreídos, ignorantes de la peligrosidad de aquella tierra.

***

1994, El Auyan Tepui

Ella misma, “Würik Kaiku”, la mujer tigre como la apodaban los caciques de las comunidades pemón, aún soportaba la pesadumbre de la inexperiencia y de la torpeza, aún se conmovía al recordar la muerte de su marido hacia dieciséis años. Un atractivo y astuto empresario, acaudalado, de carácter burgués… Un hombre capaz de emocionarse con el canto de un simple pajarillo pero despiadado en los negocios. Un hombre tierno y cordial que la sedujo en la cafetería de un hospital de Caracas, un caballero que encandiló a familia y amigos. “Todo un hombre”, solía decir su madre. “Su compañero, su amante, su amigo…” pensaba ella. Noche tras noche, renacía en sus sueños alimentando su amor, sin poder olvidar aquella sonrisa amplia y feliz; aquel carácter fuerte que la empujaba a locuras inimaginables como escalar el AuyanTepui en la Gran Sabana. “!Estás loco… ¡ pero, qué sabemos nosotros de escalar cerros… Nada” – le había dicho ella – pero él, entusiasmado, bromeando y agarrándola por la cintura, la beso con fuerza, susurrándole al oído “tu hombre cuidará de ti, ya está todo preparado, nos vamos en una semana”.

Diez días más tarde, aquella maldita aventura comenzó en Kavac, bajo aquel cerro majestuoso, albergue de seres malignos y caprichosos, demonios capaces de transformar los hermosos sonidos de la selva en terribles tormentas. “Sí, sí…, los temibles Mawari, iracundos, se burlaron de la fortaleza de su hombre, arrastrándole a las profundidades de la selva”. Después de atravesar llanos, de cruzar ríos y riachuelos, de contemplar la belleza de aquella cascada majestuosa, “El Salto del Angel”, de observar la tierra primigenia, humildes y sumisos, se burlaron ingenuamente de las creencias de su guía pemón. – “Vamos, Manuel, eso son sólo supersticiones de tus antepasados. En este cerro tan hermoso no hay cabida para los malos espíritus. “¡Mira, por Dios, que belleza! Ahí, no puede morar nada maléfico” – le había replicado su marido ante su continuo “tarén”, una especie de narración que Manuel no había dejado de canturrear durante toda la travesía. El amable guía insistía: “no se burle señor, los Mawari nos vigilan; mire esos nubarrones…están cerca y enfurecidos”. Y así Manuel, volvía a recitar su tarén una y otra vez:

MAWARI PIAPANITOK TAREMURU

Tukui-ya, aruka-da-re mawariton yama sakoropapue to-da Mawariton( patasek poro t-esema-kon daktai e ke 1 re-nak-ne to sakoropapue to-da. Pena Tichipue-ma, pia dama daktaino-pe.

lpan-pe mawari yama sakorotasak chipue, manare warai neke. Muere s kaichare pemon dama tetamesan ichi- d pite muere poro-re,. Ti-tapuru-kon tau d chima, to etinipuipue ante, tururu e tukai, kuranau warante, mawari yama ~ yepui eta to-da yenin.

Tise tukui etinipui-puen, aruka nere, mawariton sakoropatiponkon-pe Tchima. Narik-pe kru mawari yama b yepuipue. Tise tukui-ya, aruka-da-re 1 taurepue konsera chima: tITo nimue- k pai ichi sere,.tewe mawariton niyepui”, taurepue to-da.

Manarenton neke mawari yama yepuipue, pata eporipue to-da,.pemon- n ton tapuruka-ri sekesekemapue to-da,. Si i-moka to-da kaima to ichipue. Lpan-pe q to esakorotasak tise, tapuruka pueke- El pueti to-da tana, tu-wanmara chima a tukui esemboikapue to rakei, to yem- tJ bata pona yereutapue yei panta pona,. N muere warante-re aruka epakapue to e rakei, ¡ serei! yei panta pona yatapichipue.

Muere tise-wi tukui-ya, aruka-da-re mawariton arikapue to-da, t-eseren- rl ka-kon ke-re’ to arikapue toda, toc¡tarembapue to-da. Ain, mawariton p etinipamapue te.maimu-kon sakoro-pe CI pra temai-re.

T-esesase tukui-ya, aruka-da-re taurepue: Mawariton sakoro-pe yepui yau, mawariton esakorotaiak, ekamasak-re, tuna warinkon sakorotasak yepui asetun-pe sekeseke tukai, muere kenapanipui-uya-te. Ure sa-ne muete, to auchimba-da-te, to maimuka-da-te.

Ure muere Wai-kuru-pia, Taventavenima-pia, tukui-ya taurepue. Ure muele, aruka-da taurepue, to tarembanin-te to ra pana-re tutesen-re; asetunpe to yepui yau, wakarampue-pe to yepui yau-re to taremba-da-te. Muere1ui ¡itu, itu! kaima, to tarembapue-ya.

Mo etek, taure ina-da warante, to kenepankapue-ya.


Traducción

TAREN PARA APLACAR LOS MAW ARI

El pájaro, llamado chupaflor o tucusito, y el otro, llamado aruká, molestaron y pusieron bravos a los mawarí. Ellos andaban de viaje por lugares donde había muchos mawarí y lo molestaron quién sabe con qué. Esto sucedió antiguamente, en tiempo de los piá.

Los mawarí estaban bravísimos sobremanera; su enfado no era como de cosa pequeña. Unos indios, que andaban también por allí de viaje y que estaban dentro de su rancho, se acongojaron oyendo el ruido como de huracán que venía.

Pero tukui y aruká estaban tan tranquilos, aunque ellos eran los que habían puesto bravos a los mawarí. Los mawarí venían terribles. Pero tukui y aruká dijeron como si tal cosa-Esperemos, deja que vengan los mawarí.

Llegaron efectivamente como remolinos los mawarí en gran número; sacudieron el rancho y parecía que lo querían arrancar. Cuando estaban más furiosos y rompiendo ya el rancho, se asomó tranquilamente el tukui y contra su cara se posó en una rama. De mismo modo y acompañándolo, salió el aruká y se posó en otra rama.

Total, que tukui y aruká hicieron reír a los mawarí y ahí mismo los encantaron con su cantar. Y los mawari perdieron su hablar furioso y se aplacaron.

Y dijeron entonces tukui y aruká nombrándose: -Cuando los mawari vienen furiosos y embravecidos, cuando los que viven en las aguas vienen molestos, cuando los remolinos de viento vienen atropelladamente, yo los calmo, yo su calmador; yo, claro que sí los pongos alegres, yo les quito su voz tremenda.

Yo, yo Wai-kuru-piá, T avén-tavenimá-piá, dijo el tucusito. Y dijo aruka: -y yo los soplos yendo al encuentro de ellos, yendo contra su misma cara cuando viene el viento fuerte.

Y sopló diciendo: ¡tu-itúl Y como quien dice ¡silencio!, los hizo callar.

El AuyanTepui, abrazado por estremecedores nubarrones, sintió la necesidad de reprender tanta arrogancia por parte de aquel hombre firme y seguro de sí mismo, descargando la más terrible tormenta que ella había visto. Nada, horas antes, hacía presagiar aquel diluvio; pero allí estaban, en medio de la selva, bajo una intensa lluvia, a una hora de la cima. Su marido y Manuel intentaron improvisar un pequeño refugio, pero fue inútil. Agua, barro y lodo. El paraíso se había convertido en un infierno. Descendieron unos metros refugiándose al amparo de una pequeña abertura en las rocas; podían escuchar el estruendo de las cascadas y anhelaban, pese al frío y la humedad, observar de nuevo aquella maravilla. Sin embargo, el destino se cernía cruel, no sólo los Mawari parecían estar enojados, también su propio Dios. Su marido, protector, desatendiendo las advertencias de Manuel, decidió trepar por aquellas resbaladizas rocas: “puede que ahí arriba encuentre donde resguardarnos, ahora vuelvo” – dijo y se fue. Pasaron los minutos y la aprensión comenzó a apoderarse de ella, sospechaba que algo iba mal. Manuel la retuvo varias veces, quería ir en su busca, pero el guía señalando el terreno insistía: “no vaya, esperemos a que descampe, es peligroso; su compañero es un imprudente”.

Una hora más tarde, las nubes, más serenas, se alejaron. Ambos, avanzaron sobre los pasos de su marido… Demasiado tarde, su espíritu ya se había convertido en “kamaonique” , alma libre e invisible. Para nada habían servido los taren de Manuel. Su arrojo le había empujado a la muerte. Su cadáver ensangrentado yacía al pie de una gran roca; Cristin, desesperada, se abalanzó sobre su cuerpo, frío y húmedo. Estremeciéndose, gritó y gritó aterrorizada. Manuel, conmovido, se alejó unos pasos y esperó… “Era una mujer fuerte y aquella desesperación sería momentánea. Ella sabría dominar la agonía de su corazón”. Y así fue, tal como lo había pensado el guía pemón. Una vez, que pudo controlar sus emociones buscó su mirada y con voz firme, le pidió que fuera en busca de ayuda para trasladar los restos de su marido hasta el campamento base. El guía no quería dejarla sola – tardaría dos o tres días en regresar – pero ella insistió. “Jamás dejaré solo a mi esposo”.

– Señora Cristin – en un nuevo intento de convencerla – su espíritu esperará su regreso, él sabe que volverá; vagará libre hasta que encuentre su camino al otro mundo y cuando lo haga usted lo sabrá. Aquí, solamente queda su cuerpo, lo que importa es su alma.

– No insista Manuel, no lo dejaré solo – contundente –. Usted vaya en busca de ayuda, si es posible consiga un helicóptero. No se preocupe por el dinero, yo me haré cargo de todos los gastos.

– Señora Cristin, tardaré días en regresar aunque sea en helicóptero; la bajada será lenta y peligrosa. No puede quedarse aquí en medio de la selva, sin refugio. Las noches son largas y peligrosas; hay serpientes, tigres,…y ya ha visto como son las tormentas – enfadado –. No puedo dejarla aquí.

– Por favor, Manuel no insista – esbozando una lánguida sonrisa –. No se enfade, trate de comprenderme – incorporándose –. Busquemos un buen lugar donde pasar las noches.

Manuel, viendo su determinación y que ningún argumento la haría cambiar de opinión, preparó un pequeño refugio, escudándose en unas rocas, unos metros más arriba de donde se encontraban. Entre los dos, y no sin esfuerzo, consiguieron trasladar hasta allí el cuerpo de su marido. Ella, terminó de acomodarlo, como si estuviera arropándolo en su último sueño. Tanta ternura no dejaba de impresionar a Manuel.

– Bueno, ya está. Ahora sólo queda recoger algo de leña para hacer fuego – mirando a su alrededor –. Aunque con tanta humedad… ¿Manuel, usted no sabrá cómo encontrar leña seca en esta maldita selva?

– Tiene que buscar troncos muertos y arrancar la parte exterior, eso le servirá de leños – ante la mirada escéptica de Cristin – no se preocupe, yo le preparo el fuego; usted sólo tendrá que mantenerlo encendiendo.

– Mejor será – animosa y templada ante los días que estaban por llegar –. Vayamos a recoger esa leña, tiene que explicarme cómo debo conseguirla.

– No tiene misterio, señora Cristin, sólo hay que observar lo que la naturaleza nos regala

Manuel logró llegar al pueblo de Uruyen en tan solo dos días, extenuado por la caminata y abatido por la tragedia de sus clientes; sin embargo, su batalla contra aquel entorno tan hermoso y tan hostil obtuvo su recompensa. – ¡Su amigo Enrique estaba allí… Con su helicóptero! – Sin apenas darse tiempo para descansar organizó el rescate. Estaba realmente preocupado por aquella mujer.

(1) Pequeña edificación, típica de los indios pemón, construida con paredes de barro y techo de palmas de moriche

Continuará…

#Lasombradelahormiga – By ©KavivaXarsu –  Todos los derechos reservados.

Nota:  capítulos anteriores en el menú principal: #Lasombradelahormiga

 

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