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Paraponera_clavata
hormiga 24

El rescate de Cristin

Enrique, sugirió a Manuel que cogiese sacos de dormir, un botiquín de primeros auxilios y, por supuesto, suero antiofídico. Las nubes cubrían por completo el AuyanTepuy; desde el helicóptero sería imposible localizar el lugar donde se encontraba Cristin. Apenas quedaban cuatro horas de luz y no veían otra opción que aterrizar en la cima del tepuy y descender caminando hasta donde Manuel la había dejado.

La selva, seductora y celosa de su perfección, albergaba ponzoñosos guardianes como la serpiente coral, el sapito minero u orugas de atractivos colores, mortales algunos, urticantes otros. Sin embargo, Cristin, nunca se imaginó amenazada por la picadura de una hormiga cuya toxina utilizan los indios como ingrediente de un ungüento venenoso que aplican sobre las puntas de sus flechas para cazar y pescar, “el Curare” .

Aquel maldito bichito le había inyectado su veneno unas dos horas antes, el dolor era tan intenso que apenas podía respirar, su pierna izquierda estaba completamente paralizada, sentía escalofríos y una fuerte taquicardia. Comenzaba a sentir miedo, estaba anocheciendo y las sombras de la noche en aquella jungla densa y amenazante no eran buena compañía; menos aún, con medio cuerpo paralizado por aquella “monstruosa hormiguita”.

El día anterior, había visto un jaguar tumbado a unos metros, observándola tranquilo, como un gato enorme, sin moverse durante horas, como protegiéndola. “¡Qué animal tan soberbio, tan perfecto!” – Escuchó un golpe seco y unas voces – “¿Sería Manuel? Rogaba a Dios que así fuera, aquellas punzadas eran tan intensas que el corazón se le paralizaba. No podría aguantar mucho más.” – Aguzó el oído. – “¡Alguien gritaba su nombre!”

– ¡Estoy aquí! ¡No puedo moverme! – Un joven pemón, de unos veinte años, surgió de la niebla, ágil como un jaguar –. ¡Gracias a Dios! ¡Como me alegro de verte muchacho! ¿Dónde está Manuel? ¿Le ha ocurrido algo? – A punto de desfallecer.

Cálmese. El se encuentra bien. Sólo está cansado por el esfuerzo y el descenso hasta aquí se le está haciendo pesado. ¿Y usted, cómo se encuentra? No tiene buen aspecto.

No muy bien, estoy calada hasta los huesos, y para colmo de males… Además de los picotazos de los mosquitos, una maldita “hormiga 24”, hace ya unas horas, mientras recogía leña, me ha “mordido cariñosamente”. Necesito más analgésicos… Este dolor es insufrible… Ya me he tomado todos los que tenía.

Manuel no tardará, él tiene el botiquín. También le trae ropa seca, sacos de dormir y una tienda de campaña. Tendremos que pasar la noche aquí. Mañana, Enrique volverá con el helicóptero y algunos porteadores para trasladar a su marido – sacando un termo de su “guayare” –. Tómese esto, está caliente, le sentará bien.

Gracias muchacho…, tendrás que ayudarme, no puedo moverme.

Apenas hubo tomado unos sorbos se quedó adormilada; el dolor, la tensión y la fiebre habían mermado sus fuerzas. Escasamente lograba recordar que había ocurrido; por momentos, olvidaba que su marido había fallecido. Comenzaba a tener alucinaciones. El joven pemón ansiaba la llegada de Manuel. No sabía qué hacer. Él, sólo era un portador, un principiante que nunca se había visto en una situación tan complicada: “mujer asombrosa aquella, imponiéndose a la tristeza, sola en la inmensidad de aquella espesura, velando el cadáver de su esposo durante tres días y dos noches” pensaba el joven mientras la observaba.

Cuando, por fin apareció Manuel, agotado, se sintió impotente y culpable por haberla dejado allí. No esperaba encontrarla tan débil. Ordenó al joven Gerardo cambiarle la ropa, darle más antihistamínicos y montar las tiendas de campaña. Él, escasamente podía mantenerse en pie. La noche fue tan fría y húmeda como las anteriores. Cristin no dejaba de delirar por la fiebre y el dolor; Gerardo se mantuvo alerta, sentía una presencia extraña…; lo que no podía imaginar era que el jaguar errante estaba cerca, vigilante, como los dos últimos días, acompañando a la señora Cristin.

El tepuy amaneció despejado, limpio, abierto a la inmensidad de la gran sabana. Desde su cima, Enrique esperaba noticias de Manuel, contemplando sobrecogido una vez más aquel regalo de los dioses, con sus contrastes verdes y azules orlados de gris y ocres, matices de un paraíso satisfecho de sí mismo, orgulloso de su madurez lozana y equilibrada. Ríos de tierra y agua, proveedores de vida y muerte, seductores de almas.

Todo está listo, es hora de emprender la marcha – le dijo uno de los porteadores – vamos a descender, en cuanto estemos preparados nos pondremos en contacto con usted.

De acuerdo. Buena suerte – contestó estrechándole la mano – Confiaba plenamente en aquellos hombres camaleónicos, amoldados al clima y en perfecta armonía con las suaves sabanas, los abruptos acantilados, las peligrosas gargantas…, la sombría selva. Hombres todavía sencillos, valientes, generosos, respetuosos y humildes ante la realidad de su ancestral vida; hombres, cuya lengua, hasta ahora, desconocía el término “avaricia”; pero… ¿por cuánto tiempo?

Continuará…

#Lasombradelahormiga – By ©KavivaXarsu –  Todos los derechos reservados.

Nota:  capítulos anteriores en el menú principal: #Lasombradelahormiga

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