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Jaguar in the Shade.jpg
De craig.hamnettJaguar in the Shade

El jaguar errante y Cristin

El jaguar no se había movido, continuaba recostado bajo las raíces; Manuel y Gerardo, con los primeros rayos de sol descubrieron su majestuosa silueta. El joven pemón, más temeroso, quiso ahuyentarlo; sin embargo, Manuel, con su característica cordialidad, se lo impidió:

–  “Déjalo en paz; nada temas de quien reposa mansamente”.

Recogieron el pequeño campamento improvisado la noche anterior y acomodaron a Cristin para su traslado hasta un pequeño promontorio conocido como la Paloma. Su estado de salud parecía haberse agravado; la fiebre persistía y su pierna permanecía rígida, le sería imposible dar un paso. Manuel, conocía bien el cerro y sabía que el promontorio no estaría a más de diez minutos, aunque ese corto recorrido cargando con una camilla se les antojaría interminable. Aún así, tenían que intentarlo, era la única zona con visibilidad para que Enrique aproximara el helicóptero lo más cerca posible. Manuel no dudaba de la pericia de su amigo para esquivar aquella mole vertical de piedra basáltica que se alzaba frente a ellos.

Los porteadores, por fin divisaron el pequeño promontorio, abrigo perfecto para palomas y golondrinas, un tanto deslustrado por los excrementos. Sin embargo, no había tiempo para disfrutar de la maravillosas vistas de la Gran Sabana, ni para hacerle ascos a la mierda de paloma. Sólo cabía comprobar que todo estaba listo para el traslado de la señora y de su difunto marido. La jornada se presentaba espinosa y el estado de la mujer no era el adecuado para una montaña como el AuyanTepuy. Habían tardado más de una hora en descender hasta La Paloma, turnándose, evitando los resbalones y las tan temidas torceduras de tobillo.

Luis José, otro joven pemón, neófito pero valeroso escalador, ascendió ligero por el barranco adyacente al murallón de regreso a la cima; debía indicar al piloto la situación de los accidentados. No había mucho tiempo que perder; aquella mujer necesitaba ser trasladada inmediatamente a un hospital.

Enrique, aprovechando la espera, exploraba la zona en busca de buenas instantáneas para su colección fotográfica: plantas, insectos, aves,…Cualquier cosa que le llamara la atención, como un ladrón de íntimos secretos que nadie más lograba atrapar. En cuanto divisó al indio guardó su cámara y se dirigió al helicóptero, preparándose para el despegue; percibía preocupación en el rostro del joven. Mientras Luis José se acomodaba en la parte posterior del helicóptero y se bebía medio litro de agua casi sin respirar, le interrogó sobre cómo estaban las cosas más abajo.

-No muy bien señor, la mujer está mal, hay que trasladarla con urgencia al hospital. La han llevado hasta la Paloma, Manuel espera que usted pueda sacarla de allí sin problemas

– Lo intentaremos, si el cielo continua dándonos tregua todo irá bien… – Contestó Enrique, mirando al indio – “Calma muchacho…Me he visto en situaciones peores – sonriéndole en tono tranquilizador.

Minutos más tarde, el sonido de las hélices movilizó a Manuel y al resto de porteadores, situando a Cristin lo más alejada de la pared; intentando, por todos los medios, evitar que las aspas del helicóptero “acariciasen” aquel inmenso palomar de piedra rojiza. Luis José, obedecía las instrucciones de Enrique sin rechistar, muerto de miedo; no le gustaba nada “aquel ruidoso colibrí gigante”, prefería tierra firme aunque tuviera que caminar durante horas. No entendía por qué no habían enviado con él a otro hombre, “¿cómo iba a arreglárselas él solo para izar la camilla con la señora e introducirla en el helicóptero? Estaba harto de que le considerasen el más capaz, el más atrevido… El pánico le estaba ahogando… No tenía miedo de las alturas, pero le aterraban aquellos aparatos… No los soportaba.” Tenso y sin perder de vista las aspas y la pared, arrió lentamente el cable con la parihuela.

Manuel, con ayuda de otros dos hombres, soltó con destreza el cable y las bridas de la camilla; la señora Cristin escuchaba somnolienta el ruido retumbante del helicóptero y las voces nerviosas del guía dando órdenes. De repente, todos quedaron en silencio, ella no podía verlo, pero los indios sí. Sus voces se habían enmudecido por la inesperada presencia del jaguar; manso, pero desafiante, fue acercándose hasta la mujer. Ninguno de los hombres se atrevía a moverse, Manuel les había indicado con un gesto que se mantuviesen serenos. La fiera, ignorando su presencia, saltó sobre el cuerpo de Cristin, los indios desconcertados buscaron la mirada de Manuel que apenas contenía el aliento, no se atrevía a tomar ninguna decisión, no comprendía la actitud del jaguar.

Cristin intentó gritar pero ni un gemido surgió de su reseca garganta, el tigre tenía clavada su mirada en sus ojos; una mirada penetrante, alentadora, intima y dulce que de inmediato despejó cualquier temor hacia aquella hermosa criatura. Casi sin fuerzas, llevó su mano hasta el cuello del animal acariciándolo suavemente, sintiendo su aliento, su respiración sosegada… Mientras intentaba apartarlo pensaba:¿qué pretende este animal?… Acaso también quiere que le rescaten de esta podrida selva…

– Vamos pequeño apártate a un lado, pesas demasiado para mí. – Pero, el tigre se mantuvo sobre ella lamiéndole la cara hasta que Gerardo, un tanto escamado por “tantos arrumacos” comenzó a gritar y gesticular como un loco, no se fiaba de una fiera capaz de matar un cocodrilo. El resto de hombres comenzaron a imitarle y tras unos segundos de incertidumbre para ellos y de desconcierto para el animal lograron que se alejara unos pasos. Manuel, nunca había visto nada parecido, los tigres no solían atacar a los hombres pero tampoco se dedicaban a hacerles carantoñas. Tardaron varios minutos en ganarle la partida. Entretanto, Enrique, estaba cansado de sobrevolar sobre sus cabezas. Luis José, podía ver al tigre encaramado sobre una roca, no parecía querer alejarse de aquella mujer y ninguno de los hombres entendía por qué.

– ¿Qué demonios está pasando ahí abajo? ¿Tienen algún problema con el cabo? – preguntó Enrique impaciente.

– No exactamente con el cabo, más bien con un precioso ejemplar de jaguar – le contestó Luis José.

– ¿Un jaguar? ¿Qué hace un jaguar ahí? – extrañado – ¿les ha atacado?

– No, pero si le digo lo que ha hecho no se lo va a creer – entre circunspecto e irónico – se ha acercado a la mujer y se ha puesto a lamerla como si fuera su cría.

– Bueno ya…, déjate de idioteces y haz alguna señal para que comience la evacuación. Estoy harto de volar en círculos.

– Ya decía yo que no iba a creerme… No hace falta hacer señales, puedo verles atando las bridas de la camilla. La señora parece estar preparada. En cuanto Manuel enganche el cabo… – asomando la cabeza por la puerta del aparato y sujetándose tan fuerte que llegó a lastimarse en una mano – Si…, ya está…, ya podemos empezar la izada.

– Pues adelante…, hazlo despacio procurando que no se balancee demasiado…, de vez en cuando vienen algunas rachas de viento que no me gustan nada – no quería preocupar al joven indio, pero comenzaba a tener problemas para mantener estable el helicóptero, quería salir de allí cuanto antes.

Luis José, exponiéndose a caer, realizó toda la operación con destreza. No era una maniobra para ejecutar una sola persona por lo que sintió alivio cuando colocó la camilla donde el piloto le había aconsejado. Cuando se dispuso a soltar las bridas encontró una nota de Manuel pidiendo que le lanzasen un eslinga, no quería quedarse allí, quería acompañar a la señora al hospital. Enrique comenzaba a ponerse furioso, todo se estaba retrasando demasiado y aún tenía que ponerse en contacto con su socio para organizar el rescate del cadáver y del resto de los hombres.

– Está bien, está bien…lánzale la eslinga y que suba – gritaba el piloto totalmente fuera de si –. No sé cómo puedo meterme en estos líos, ahora tendré que vérmelas con los equipos de salvamento por no haberles avisado. ¿Cómo está la señora?

– No parece haber empeorado desde que la vi por última vez, está medio inconsciente pero puede ser por los calmantes que Manuel y Gerardo le dieron – contestó Luis José mientras lanzaba el cabo con la eslinga.

– Bien…pues en cuanto esté todo listo ¡arriba con Manuel! Nos queda un largo trayecto hasta Ciudad Bolívar y aún tenemos que aterrizar en Kamarata para repostar y pedir ayuda a mi socio.

– ¿A Ciudad Bolívar? Ah no…yo me quedo en Kamarata. No pienso ir en este trasto hasta la capital – replicó Luis José – y menos aún si le acompaña Manuel.

– No tienes que ir si no quieres, por hoy has hecho bastante – sonriendo – ¡Te has portado muchacho…! Espero que esta mentecata imprudente sepa agradecerte algún día todo lo que estás haciendo por ella.

– Calle señor, puede oírle.

– Me importa una mierda que me escuche. ¿A quién se le ocurre exponerse a escalar el cerro en temporada de lluvias sin protección y sin medios? ¡Hala, así como el que no quiere la cosa! Y el imbécil de Manuel se presta a semejante estupidez.

– Prepárese señor, ya está listo para la izada.

– Pues adelante y ni se te ocurra decirle que estoy enfadado con él, ya me encargaré de echarle el sermón en su momento, ahora está demasiado cansado para mis regañinas. ¿Entendido?

– Sí señor, mudo me quedo.

– Más te vale.

 

Continuará…

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Nota:  capítulos anteriores en el menú principal: #Lasombradelahormiga

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