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La anciana pemón Kamarata 2010

El trayecto hasta el modesto ambulatorio se tornó eterno. Un silencio tenso mudaba las suaves pisadas en pequeñas tormentas secas. El juez había procurado sincronizar su paso con el de Cristin; deseaba observar, con minucioso detalle, cada mueca de aquel rostro tranquilo y sereno, elegante pero frío. Poco o nada sabía sobre aquella mujer, salvo que acostumbraba a tomar decisiones rápidas y contundentes, con una firmeza poco usual en cualquier circunstancia, según le había chismorreado el piloto antes de embarcar camino de la sabana. Y algo de cierto había en las murmuraciones, su presencia intimidaba por su frialdad en el trato; aunque esto, precisamente a él, no le disgustaba; más bien, para su parecer, le confería cierto aire de respetabilidad muy interesante.

Una mujer indígena, anciana con aspecto cansado, esperaba desde el amanecer la llegada de la doctora. Se encontraba sentada en una banqueta de madera, encorvada, apoyándose sobre un bastón hermosamente tallado por uno de sus nietos. Alzó la mirada mudando el gesto: “otra vez ese maldito inspector aquí” pensó.

– Waküperö medan? – Preguntó a la doctora, mirándola directamente a los ojos con mal disimulada complicidad, a lo que ésta contestó con un fuerte apretón de manos y una leve inclinación de cabeza. La anciana sonrió y sin temor alguno le recordó en un perfecto español, indicándole con la mirada una pequeña hormiga que ascendía por una de las columnas de madera del modesto porche : “No olvide que la sombra de la hormiga puede llegar a ser muy larga…”

– ¡… Y muy ancha! Lo sé. – Sonriendo – Pero, no hay nada que temer.

– ¿Ocurre algo, doctora? – preguntó el inspector mirando de reojo la hormiga.

– Nada, salvo que a la anciana no le gustan las hormigas. – Abriendo la puerta del ambulatorio y cediendo el paso a los tres hombres. – Pasen y pónganse cómodos. Voy a enviar a alguien en busca de las hermanas, seguramente ustedes querrán interrogarlas, son tan testigos como yo en todo este asunto. Pero, por favor, no toquen nada. Especialmente usted, inspector. Esta vez, no estoy dispuesta a soportar sus falsas acusaciones, ¿entendido? Señor juez, le ruego su cooperación: “no le pierda de vista y no le deje urgar en mis cosas durante mi ausencia”. ¡Gracias!

– Vaya tranquila. – Contestó el juez mirando al inspector un tanto desconcertado.

Cristin sonrió a la anciana y se fue en busca de algún muchacho que pudiera advertir a las hermanas de Nuestra Señora de Komoroto de la llegada del juez. Su testimonio, a los ojos del inspector, sería mucho más creíble que el suyo, por muy legítimo que este fuese. Ninguna esperanza tenía en aquel arrogante e insufrible hombre, nunca le daría ni el más mínimo voto de confianza. Nunca entendería porqué la odiaba tanto.

Continuará…

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Salto Ángel – AuyanTepuy – By Diego Delso

Un inspector de policía desconfiado 2010, Kamarata

El inspector de policía no parecía muy convencido con las explicaciones de Cristin. Desconfiaba de los guías pemón, pero aún más de la doctora. Recelaba de su afán protector hacia los indígenas, cualquiera que fuese el atolladero en que se encontrasen. En esta ocasión, un asesinato no era una cuestión menor y no estaba dispuesto a permitir que la Würik Kaiku se saliera con la suya. Había llegado a Kamarata, con la luz del sol, acompañado de un juez y de un empleado del Instituto Nacional de Parques. Ninguno de sus acompañantes conocía a la doctora, desconocían su leyenda, esto probablemente favorecería sus indagaciones. El juez parecía un hombre callado y observador, excesivamente parco en palabras para su gusto; durante el vuelo había intentado averiguar, sin éxito, detalles sobre su experiencia laboral, pero la única respuesta que obtuvo fue una cínica sonrisa acompañada de una fría y penetrante mirada, invitándole a cerrar el pico. El joven funcionario de Infoparques, por el contrario, se había mostrado comunicativo, alegre, entusiasmado por conocer el Auyan Tepuy a pesar de las trágicas circunstancias que le habían llevado hasta allí. No parecía un tipo listo; aunque, por experiencia, tenía muy presente que entre “el ser y el parecer” puede existir una fina línea difícil de percibir.

Los tres hombres sorprendieron a Enrique abrazando a Cristin junto a su churuata, mientras el cerro se desvanecía tras una espesa niebla. El inspector emitió un tímido carraspeo que sobresaltó a Cristin:

– ¿Usted? Ya decía yo, que nada bueno auguraba esta inesperada neblina. – Dirigiéndose al inspector de policía con cierto rictus nada hospitalario en su rostro.

– También me alegro de verle, doctora – contestó irónicamente el inspector. – Le presentó a Don Romualdo, el señor juez que viene a ejecutar el levantamiento del cadáver y a Samuel, funcionario de Inforparques.

– ¡Buenos días! Encantada de conocerles. Sin son tan amables de acompañarme hasta el ambulatorio, el cadáver se encuentra allí. – Girando sobre si misma, enfilando el sendero hacía el pequeño ambulatorio del poblado, sin dar más explicaciones.

– No parece muy simpática esta mujer, ¿verdad? – Inquirió Samuel al juez, que permanecía en silencio, escrutando la mirada de animadversión que el inspector profería hacia la doctora.

Continuará…

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Gran SabanaPaolo Costa Baldi

Un cadáver en la sabana

2010, Kamarata

Los gritos de la pequeña Raiza alarmaron a Cristin. No solía alborotar de aquella manera, ¿qué estaría pasando? Salió de su “churuata” y pudo verla corriendo hacia ella.

¿Qué ocurre Raiza?

¡Un hombre herido, un hombre herido! – gritaba la niña jadeando – Dice Manuel que se muere…, que está muy mal. ¡Ven! ¡Corre! – agarrándola de la mano – ¡Hay que ayudar, hay que ayudar…!

Está bien, no te asustes, ya voy… Pero antes tengo que coger mis gafas. – Raiza, la empujaba.
– Raiza, ¡quieres estarte quieta! Ya verás cómo no es nada grave.

Sí, sí que lo es. Tiene la cara morada, golpes, muchos golpes…por todo el cuerpo.

¿Golpes? – acelerando el paso. Comenzó a preocuparse.

Su viejo amigo, la esperaba en la puerta del ambulatorio junto a Gerardo y Luis José, los nuevos “pinumpanin” – guías – de Kamarata. A su lado, en una camilla improvisada, un chico joven de unos veinticinco años apuraba sus últimos momentos de vida. Cristin, nerviosa, abrió la puerta del ambulatorio, su aspecto no le gustaba nada.

Tiéndanlo sobre la camilla – les pidió – esto tiene mal cariz.

A pesar de la ayuda de las hermanas y el enfermero, nada pudieron hacer por él; le habían golpeado con saña. Gerardo, inquieto, explicaba como habían encontrado al joven.

Estaba tendido en la sabana, a dos kilómetros de aquí. Los reflejos de su reloj nos alertaron. Cuando nos acercamos susurraba algo como “brillant” y “drawing”.

Hay que registrar sus cosas. Tenemos que buscar su documentación. Habrá que contactar con su familia – dijo Cristin dirigiéndose a Manuel – Aunque… pensándolo bien…, mejor llamemos a la Comandancia General de Policía. A este tipo lo han linchado…, no sé…, – ladeando la cabeza – espero equivocarme, pero creo que esta muerte esconde algo turbio.

Yo también lo creo – dijo Luis José – Hay algo que no entiendo, si querían matarlo porque no lo arrojaron al río. La corriente se encargaría de él; además, probablemente, su cuerpo no aparecería nunca.

Bueno, quizás no querían matarlo sino asustarlo, pero se les fue de las manos – contestó Cristin.

Puede ser, pero ¿por qué? – preguntó Manuel entre disgustado y perturbado.

¡Ay, amigo! Eso que lo averigüe la policía – contestó Cristin, mirando de soslayo a Raiza que les espiaba desde la puerta entreabierta – ¿Y tú qué..? ¡Cotilla! ¡Ven aquí! – abrazándola – No pongas esa cara…mi tontita. Las niñas como tú no tienen miedo– Raiza apretaba los labios intentando no llorar.

Ves, se murió – afirmó la niña.

Sí, es cierto. Pero, lo que tienes que pensar es que su alma le hará compañía ya sabes a quién; ahora ya no estará solo, ahora tiene un amigo.

No me gusta ese amigo…tiene cara de malo. ¡Ven! ¡Miraaa…! – dijo la pequeña señalando la cara del joven – tiene rayas en la cara.

Ciertamente, una bien cosida cicatriz cruzaba su mejilla derecha hasta el mentón. La pequeña, tenía razón, aquel personaje parecía sacado de una novela. Cristin, cuanto más observaba al joven, más intrigada se sentía. Registró los bolsillos de su ropa en busca de algún tipo de documentación, pero no encontró nada. Aún más misterio.

Manuel, ¿no tenía con él ninguna mochila? – preguntó Cristin al viejo guía pemón.

Mochila no, sólo este pequeño bolso, – entregándole un pequeño bolso de piel marrón con cremallera a ambos lados – estaba tirado a unos metros de él.

Esperemos que tenga la documentación aquí. – Revolviendo en el interior – Nada, ni rastro de papeles, ni de nada interesante. – Mintiendo descaradamente; había encontrado una cámara de fotos digital.

Entonces, ¿qué hacemos? señora Cristin – dijo Manuel aún más preocupado.

Lo dicho, contactar con la Comandancia y cuanto antes mejor. Yo misma me encargo. Vosotros, por lo pronto, deberías comunicar lo sucedido a toda la comunidad. ¡Vamos! ¿A qué esperan? – instándoles a que se fueran, ansiosa por ver las fotos en su portátil.

Una vez sola, pues había pedido a las hermanas que se llevaran a Raiza, conectó la cámara a su portátil y descargó las fotos y vídeos que contenía. Todas habían sido tomadas desde una avioneta, instantáneas típicas de un excursionista de los tepuyes Roraima, Yuruani, Iruk, Chimanta, Tirepon, Akopan, Aparaman, Auyan…, vistas magnificas del Gran Abismo en el Pauji, de los saltos de Kama, Agua Fría, Apanwao, Karuai, Toron…,del Río Caroní y su afluente el Paragua, de los ríos Carao y Churún…

Nada raro, excepto un par de fotos tomadas sobre el Río Paragua. El piloto había arriesgado mucho volando muy bajo sobre unos pequeños claros en la selva, en lo que tal vez fuesen pequeñas explotaciones mineras de diamantes, seguramente ilegales.

Sintió pasos al otro lado de la puerta, era Enrique. No contaba con él hasta dentro de dos días. Se habían hecho buenos amigos desde su rescate en el cerro.

¡Hola preciosa! ¿Cómo te ha ido la semana? – preguntó abrazándola y besándola ansioso.

No muy bien. Dos picaduras de serpiente, un brazo roto, un ataque de paludismo, un ataque de apendicitis… y es posible que un asesinato – contestó bastante seria.

¿Un asesinato? Estás de broma – incrédulo levantando levemente su ceja derecha.

Ya, ya…, una broma…, mira en el depósito de cadáveres que aspecto más agradable tiene la broma – le dijo observándole cínicamente.

Enrique abrió la puerta del depósito y entró acercándose hasta la camilla sobre la que reposaba el joven.

No tengas reparos, levanta la sábana – le dijo Cristin desde la puerta – ya está muerto, ¿no tendrás miedo de los muertos? – sonriendo.

Muy graciosa – levantó la sábana respigándose al verle la cara. – ¡Caray como le han dejado!

Está reventado a patadas y a golpes. Se han ensañado con él. – Observando el gesto de Enrique ¿Qué te ocurre? ¿Por qué ese ceño?

A este tipo lo conozco. – Pensativo – Este tipo estuvo en Santa Elena hablando conmigo hace unas semanas. Quería contratarme para sobrevolar Canaima y hacer un reportaje fotográfico.

¿Estás seguro? – preguntó ella.

Por supuesto. Esa cicatriz es inconfundible.

¿Y qué paso? ¿Te contrató?

No, yo no podía en las fechas que exigía, así que se lo pasé a Rubén.

Pues me alegro de que se lo pasases a Rubén porque esto va a traer muchos problemas y muchas vueltas con la Comandancia.

¿Tú crees? ¿No veo por qué? – Tapándolo de nuevo con la sabana.

Esto no pasa todos los días por aquí. En teoría, es un excursionista y nadie quiere la muerte de un turista y menos de esta forma, mala publicidad para una zona turística como esta.

¿Has llamado a la Comandancia? – preguntó Enrique abrazándola de nuevo.

No; cuando has llegado estaba armándome de valor; ya sabes que no soy muy dada a dar demasiadas explicaciones y me temo, que con este asunto, tendré que contestar reiteradamente muchas preguntas – devolviéndole el abrazo y besándole sin demasiado entusiasmo.

Bien, pues mientras llevo mis cosas a tu churuata les informas de todo. Te espero tumbadito en mi chinchorro tomándome un traguito de whisky.

Eso…, ¿significa que te quedas esta noche? – sorprendida.

Pues sí, tenía intención de regresar a Santa Elena esta noche y llevarte conmigo unos días; pero, en vista de la situación, mejor será que me quede. Mañana te espera un día duro: policía, imparques, el juez, los caciques… y hasta incluso los militares. Seguramente perderás los nervios; pero… ¡aquí estoy yo para templar ese mal genio! – jactancioso – El único capaz de calmar a la Würik Kaiku”.

Ya será menos, engreído. Por cierto, ¿me has traído lo que te pedí?

Por supuesto, ¿lo dudabas?– sonriendo – Mujer de poca fe.

Gracias. Esa niña es un prodigio de la música. Se pondrá muy contenta cuando vea el clarinete.

Sigo diciendo que Raiza es muy pequeña para tocar el clarinete. Apenas sabe hablar y ya quieres que sea una virtuosa del clarinete.

Tú que sabrás. ¿Acaso no la has oído tocar la flauta?

Sí, no hay duda de su virtuosismo musical, pero…

No hay peros que valgan – restregándose los ojos en un intento por despejar el cansancio – ¡Lárgate ya! Tengo que llamar a la comandancia y se está haciendo tarde. En un rato nos vemos.

Está bien, no tardes.

Continuará…

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